Columnistas estrellados

Desde hace tiempo vengo observando, con cierto asombro, una deriva difícilmente comprensible a la hora de seleccionar columnistas en los medios de comunicación. De repente, cualquiera con una cuenta de Twitter y un blog aparece entre las firmas ilustres de cualquier periódico, o como tertuliano en radio o televisión. Sin más historial de fondo. El pajarito de Twitter como tarjeta de presentación.

Ser popular en Twitter hasta alcanzar el dudoso estatus de estrella de esa red social es muy fácil: no hay más que ver las cuentas que más triunfan, y su contenido: chanzas, chistes y chascarrillos. Entretenimiento fácil de consumo masivo, sin fondo. Oropel relleno de aire. Se ve que es lo que gusta. Y de Twitter, al cielo de las estrellas de cartón piedra.

Se crea, así, la heterogénea fauna de los columnistas estrellados. Desde cónsules hasta amas de casa, pasando por personajes televisivos como Belén Esteban y Paquirrín, todo vale para formar parte del cajón de sastre (y desastre) de los columnistas estrellados.

A diferencia del columnista estrella, el columnista estrellado ha llegado a su puesto por canales distintos, y entre otros factores también hay que anotar el amiguismo, clave a la hora de optar a un puesto de columnista estrellado.

Los “columnistas estrella” y los “columnistas estrellados” son especies diferentes, con trayectorias paralelas sin apenas puntos comunes.

El columnista estrella es seguido por sus propios méritos, su carrera, su sabiduría sobre un determinado tema, o su habilidad para ayudar a la creación de la opinión pública.

El columnista estrellado, al contrario, no tiene méritos propios, pero sí una extensa cohorte de aduladores, palmeros y amigos. El mayor problema de confundir un columnista estrella con un columnista estrellado es que la influencia real del estrellado está sobrevalorada. Las palmas y aplausos de los amigos y aduladores apenas tienen valor y no sirven para medir la influencia real de las ideas expresadas por el columnista. El columnista estrellado, además, es todo terreno: lo mismo habla sobre política internacional que sobre cría de ranas en cautividad.

Lo realmente difícil para los seguidores de estas estrellas de cartón piedra es asumir que, pese a que Twitter es el equivalente a la barra de un bar, donde cualquiera sabe o pretende saber de cualquier cosa, la formación de la opinión pública a través de textos de opinión es algo mucho más profundo y que requiere de mayor cualificación.

Lo que vale para Twitter, y tiene éxito en esa red, no debería valer para el ejercicio responsable de la influencia social de un medio de comunicación. Básicamente porque no es lo mismo hablar en un bar que disponer de un púlpito que leerán miles de personas y que tomarán en serio esas opiniones.

Las chanzas y las pretendidas gracias del columnista estrellado se olvidan tan pronto como se consumen, su poso es nulo y su influencia social es inexistente.

El columnista estrella, sin embargo, tiene una notable capacidad de influir en la sociedad, ganada con su prestigio solidificado con el paso de los años. La fama efímera de las redes sociales, sin embargo, no dota de ese trasfondo al columnista estrellado, cuyos argumentos se olvidan con facilidad, diluyéndose en el océano de miles de estrellas de cartón piedra que pululan por las redes buscando fama.

Hace tiempo dije que Internet se había convertido en un enorme escaparate con millones de maniquíes luchando por sacar la cabeza y lograr su pequeña cuota de notoriedad para alimentar su ego, y cada día tengo más claro que esa es la realidad que vivimos. La red refleja la búsqueda de una fama inmerecida en la mayoría de los casos, por parte de millones de maniquíes sin talento que aspiran a formar parte del dudosamente selecto club de columnistas estrellados.