La prensa y el golpe en la mesa del Santander

Los lectores de prensa en papel, y también -y muy especialmente- los periodistas, nos vimos sorprendidos por el ‘golpe en la mesa’ publicitario efectuado por el Banco Santander, cuando los principales y más influyentes diarios españoles llegaron a los quioscos con un anuncio que tapaba toda la portada.

Esa acción publicitaria, pese a su efecto sorpresa y lo bien ejecutada que estuvo teniendo en cuenta la complejidad, saca a la palestra un debate periodístico de primer orden: el delicado balance entre el poder del dinero y la integridad de los medios. ¿Sacrifican los medios su integridad cuando aceptan una publicidad bajo su logotipo, comiéndose las noticias de portada?

Más allá de la propia campaña en sí -la publicidad de unas becas del Santander- esas portadas de las cabeceras de prensa fagocitadas por una publicidad y homogeneizadas salvo la única diferencia del logotipo de cada periódico, se convirtieron en un escalofrío en la espalda de miles de periodistas de este país.

Después del impacto inicial, llega el momento del análisis. Una prensa económicamente débil y dependiente del poder financiero es peligrosa, y su credibilidad tiende a caer en picado.

La prensa debe ejercer una función de vigilancia y fiscalización del poder. Sin ataduras. Sin embargo, la entrada de enormes grupos de presión financieros en el accionariado de los medios, o la servidumbre generada por los créditos y las deudas, son factores que lastran de forma irremediable la necesaria libertad del medio.

No parece buena idea, por muy dañadas que estén las cuentas de resultados de los principales medios del país, supeditar la ya de por sí dañada credibilidad de la prensa tradicional, a cambio de aquel bíblico puñado de lentejas.

Seamos realistas: no fue solo un anuncio. Fue todo un golpe en la mesa, una demostración de fuerza, y una forma de escenificar que es el poder del dinero quien maneja los hilos.

Por eso son interesantes las iniciativas de accionariado abierto a lectores y simpatizantes, como por ejemplo El Español de Pedro J. Ramírez, que impulsa una iniciativa de estas características después de ser expulsado del periódico El Mundo que él mismo creó en 1989. En tiempo récord ha recaudado casi 800.000 euros, lo cual es un síntoma claro de que hay gente dispuesta a invertir para tener una prensa menos dependiente de poderes financieros.

Quiero pensar que hubo un intenso debate interno en todos los medios sobre si aceptar o no aceptar la propuesta publicitaria que tapó sus cabeceras, sacrificando al periodismo e inmolándolo para mayor gloria del gran nuevo Dios del mundo: el poder financiero.