Periodistas y vendedores de humo

 

cantabria_diario_fotografias3905

Al periodismo le sangran las incoherencias. Lo digital, ni contigo porque los ingresos no dan ni para pipas, ni sin ti porque parece que los bits son los eternos reyes del ruido y da la sensación de que es obligatorio estar en el meollo del ruido. Sangran las disyuntivas llenas de soluciones enfrentadas e incompatibles. Las flechas que indican dos direcciones distintas a la vez.

A los periodistas, la sangre les brota desde los bolsillos y desde un corazón herido por el descrédito. De todas las heridas, de todas las rendijas del decadente desenfreno, brota la cada vez más escasa sangre.

En este gallinero digital, que más pronto que tarde habrá que plantearse si es necesario abandonar para no perder el Norte, aparenta ser oro todo lo que brilla y reluce. Pero no lo es, ni de lejos. Más bien, en muchas ocasiones, cuanto más brilla la purpurina del exterior, más hueco suele estar el contenido.

En este contexto, resulta impactante, y muy preocupante, que a veces sean las propias asociaciones profesionales, que agrupan a buena parte de los periodistas, quienes se hayan dejado engatusar por los oropeles del axioma padre de todos los despropósitos: “a más seguidores, más influencia, más gurú y, por lo tanto, merece un atril en los eventos”. Da igual que el presunto gurú sea un simple informático, un retorcido economista, o un ingeniero (que, al parecer, valen para todo) siempre que las medallas brillen mucho, aunque sean medallas de papel de plata. Alguien considera que, con esa medalla de mediocridad recubierta de purpurina, los vendedores de humo merecen un atril.

En muchas ocasiones, el vendedor de humo es fácilmente reconocible: pontifica sobre materias de las que carece de cualificación reglada, pero su puesta en escena es tan convincente, tan “cool”, tan simpática, empática o “viral”, que a veces puede nublar y confundir, espero que de forma temporal, a las miradas con más criterio.

El periodista investiga, pregunta, cuestiona y emite certezas honestas: las certezas más comprobadas que haya sido capaz de lograr dentro de su propia honestidad. Hace tiempo me enseñaron que una de las palabras más valiosas no era tanto la tan difícil de conseguir, la “objetividad”, sino la “honestidad”, esto es, emitir siempre lo que, dentro de los límites de uno mismo, se consideraba honestamente lo más cercano a la verdad. Un vendedor de humo, por el contrario, recurrirá siempre al engatusamiento, al oropel compuesto por fuegos de artificio. A la seducción. En última instancia, al engaño mediante el fraude intelectual.

Con la emisión de frases grandilocuentes, más o menos afortunadas pero muy sonoras, el vendedor de humo puede intentar hacerse pasar por experto en periodismo. O en corte y confección. Lo que sea, con tal de destacar. Y nuestra misión, como periodistas, es desenmascarar a estos vendedores de humo. Aislarlos. Marginarlos. Y borrar su huella para que sus discursos no permanezcan en la historia.