Amar al secuestrador: el Síndrome de Estocolmo de los internautas

Logotipo de Google
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Google, Amazon y otras enormes empresas tecnológicas tienen legiones de seguidores — casi amantes de fidelidad ciega — en todo el mundo.

Google es, en la práctica, un monopolio, y lo digo porque ostenta una posición de dominio total en cuanto a las búsquedas en Internet, de forma mundial. Y podemos añadir también su posición, también dominante, en servicios tan importantes como el correo electrónico (Gmail) y la tienda de aplicaciones para dispositivos móviles (Google Play), entre muchos otros. Los tentáculos del gigante son enormes.

Más: Google ha hecho que sea casi imprescindible estar presente en su fallida red social (Google +) para indexar correctamente en las búsquedas de su propio buscador. En otras palabras, Google fuerza a las personas y empresas a estar en Google +, tanto si quieren como si no. No estar en Google equivale a no existir, y ese mismo axioma viene a confirmar que Google es, por laxa definición, un monopolio. Con el paso del tiempo, nos han secuestrado. Y, lo que es peor, amamos a nuestro secuestrador.

Ahora nos enteramos de que Amazon, después de destrozar al sector editorial y acabar matando a miles de librerías en todo el mundo, pretende abrir sus propias librerías físicas. Construye sobre las cenizas que la propia Amazon ha generado, después de arrasar con el sector editorial. Empezará por abrir entre 300 y 400 librerías en USA, según se desvela en este artículo de El Confidencial.

Rompió la baraja: Amazon no ha jugado en el sector editorial con las reglas del sector editorial, vino a romper y gestiona sus servicios con sus propias reglas. Rompió, por ejemplo, con el estándar de la numeración ISBN para los libros. Se inventó su propia numeración, gestionada exclusivamente por Amazon, y son ellos mismos quienes, cuando quieran, pueden cambiar esas reglas. De esta forma, podemos entender que Amazon se posicionó a sí misma como paradigma rompedor del sistema editorial para, a corto o medio plazo, convertirse en el rey casi monopolístico del mismo mundo editorial. Cientos de miles de empleos se destruyen en el mundo real, mientras tan solo se crean unos pocos empleos en el mundo virtual que Amazon representa. Sin duda, una jugada maestra.

Amazon también tiene legiones de seguidores, de amantes que adoran cada palabra que emite su líder, Jeff Bezos. Amantes de su sistema de ventas. Amantes de su atención al cliente (excelente, por otra parte) Amantes, quizá también, de las severas limitaciones que Amazon impone (no se puede comprar con PayPal, curiosamente propiedad de una empresa competidora de Amazon).

Google, Amazon, Twitter…son tantos los servicios que nos proporcionan estas gigantes corporaciones, que se podría llegar a afirmar que entre todas esas empresas nos han secuestrado, somos pequeñas piezas dentro de sus grandes planes de expansión.

Y si, además, amamos a nuestro secuestrador, sufridores de un Síndrome de Estocolmo sangrantemente claro, terminaremos por entregar nuestra libertad y, cual esclavos, besar a las empresas que con su mano izquierda nos dan algunos servicios, mientras nos aprietan el cuello con su mano derecha.