Música para las flores

(C) Texto y foto: David Laguillo
A Tomás le gustaba esperar a su mujer, cuando ella volvía de su rutinario trabajo en el banco, con una excelente comida preparada, buena música en el ambiente y las flores de la casa en perfecta armonía con el sonido y la luz. Aquel día, después de salir de trabajar, Violeta tenía cita con el médico.
Sonaban los últimos compases de un piano, quizá Chopin, aunque la música todavía inundaba las estancias de la vivienda mientras Tomás cocinaba una paella. Su pequeño piso, en una zona humilde de la gran ciudad, se iluminaba cuando Violeta entraba en la vivienda y ambos se miraban y se sonreían. Se conocieron en un rastrillo de Madrid, hace cinco años, y desde entonces supieron que eran dos y uno para siempre.
– Quizá esta vez sí – dijo Tomás, al ver entrar a Violeta –.
Su conexión era tan fuerte que el hombre había captado una mayor intensidad en la mujer. Violeta clavó sus ojos verdes sobre los ojos marrones de Tomás. Le miró con dulzura durante varios segundos. Habían intentado tener niños desde que se conocieron, pero la naturaleza, a veces caprichosa, no les había dado ese regalo.
La ventana del salón estaba abierta. El bullicioso mediodía de la calle se mezclaba con las últimas notas musicales, y con el latido de los corazones de Tomás y Violeta mientras ella fraguaba una ansiada respuesta.
– Esta vez sí. – dijo ella, y al segundo los dos rieron y se abrazaron –.
El disco se paró. Pero la música todavía sonaba en sus corazones, y las flores lucían con mucha más belleza.