La posverdad y el periodismo

La posverdad y el posperiodismo - (C) David Laguillo
La posverdad y el periodismo – (C) David Laguillo

El científico Carl Sagan ya lo adelantó en el libro «El mundo y sus demonios», donde escribió: «Con las facultades críticas en declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la superstición y la oscuridad». El libro de Sagan se publicó en el año 1995, y la afirmación se ha demostrado profética para describir la situación actual.

Vivimos tiempos plagados de incertidumbre y de confusión. Tiempos acelerados y viscerales. Tiempos de reacción sin reflexión. Ira desatada a golpe de tuit. Rabia irreflexiva concentrada en 140 caracteres. Quizá por eso está de capa caída creer en la verdad, valorar la pura realidad de los hechos. Quizá por eso hemos llegado a la posverdad.

Posverdad, prejuicios y sentimientos

Todos los días, veo a muchas personas que prefieren creer una falsedad que les hace sentir bien, o una falsedad emitida por una persona que despierta simpatía, antes que una verdad emitida por alguien que no despierta simpatía.

¿La posverdad ha llegado para quedarse? Miles de personas piensan que sus creencias, sus prejuicios y sus sentimientos deben convertirse en verdad. Por eso, usan las noticias únicamente para reafirmar sus prejuicios, y desprecian la información que contradice sus creencias sentimentales.

Desprecian, incluso, al periodista que transmite una verdad que les resulta incómoda, convirtiendo al mensajero en objetivo de sus ataques. Así, la falacia ad hominem (del latín, «contra el hombre») se convierte en una triste realidad que se aplica de forma diaria, al dar por sentada la falsedad de una afirmación tomando como único argumento quién es el emisor de esta.

Las personas que prefieren el posperiodismo sentimental al periodismo real optan por construirse un mundo imaginario, un mundo paralelo en el que los sentimientos sirven para crear falsas realidades que calman su alma.

La posverdad es un globo que, tarde o temprano, termina reventando frente a la realidad. Los periodistas somos garantes de la verdad, y esa verdad en muchas ocasiones es incómoda, porque choca con las creencias y los sentimientos. Los revienta como un globo.

Resulta muy difícil luchar contra los bulos que recorren las redes sociales afirmando, por ejemplo, que tal o cual supermercado importa la leche desde otros países: a la persona que ha compartido el bulo le da igual si es verdad o no, porque lo que quería era reafirmar algo que ya sentía, no buscar o difundir una verdad.

El componente irracional en los seres humanos es tan importante que, en muchas ocasiones, la capacidad crítica queda nublada por la visceralidad sentimental representada por la posverdad.