A codazos por un rancio canapé

— Oiga, ¿cuándo sacan los canapés de solomillo al queso? — preguntó un hombre joven, que portaba unas gafas de pasta y frondosa barba, con cierto tono altivo en su voz —.

— No tenemos canapés de solomillo al queso, señor. Si lo desea, sacaremos ahora unos canapés de mortadela. — respondió el camarero, mezclando en su voz cierto desinterés y sorna —.

El hombre de la barba devolvió al camarero, en silencio, una mirada cargada de decepción y soberbia. A los pocos segundos, los camareros comenzaron a servir bandejas llenas de canapés de mortadela decorados con un decadente chorro de sospechosa mayonesa caliente por encima. Canela en rama, pura exquisitez. Consciente de que ya no podía aspirar a catar aquel añorado solomillo al queso, el hombre se dirigió raudo hacia las bandejas con canapés de mortadela.

Sin embargo, su empeño en lograr la ansiada vianda no estuvo exento de complicaciones. Los canapés que plácidamente dormían en la bandeja, y el propio camarero, se vieron rápidamente rodeados por una densa nube de seres, una heterogénea masa de manos que, cual cazadores en celo, se aferraban con ansiedad sobre aquellos trozos de pan con embutido. Entonces comenzaron los codazos, los indisimulados empujones y las expresiones en plan:

— ¿Es que no sabe usted quién soy? Soy el dueño de www.blogqueleenmilesdepersonasypuedohundirlaimagendetuempresa.com y tengo miles de seguidores en Twitter.

Así, unos y otros, con sus estrellitas de papel de plata, sus falsos títulos impresos en papel higiénico y sus medallas de cartón piedra, se fueron posicionando como blogueros, tuiteros, y Youtubers, mientras los pocos periodistas reales presentes en el evento, alucinábamos con la escena.

Todos ellos aprovechaban su presunta influencia para agredir de forma virtual a los demás comensales, a quienes vigilaban férreamente para evitar que pusieran sus manos sobre los canapés, codazo tras codazo, empujón tras empujón, mientras vendían su falsa influencia y engullían rancios canapés.

En aquel momento, me inundó la vergüenza ajena. Camino al bar de confianza, mucho más solitario, debatía con la nostalgia sobre otros tiempos mejores, otros tiempos con menos borregos prepotentes e ignorantes haciéndose pasar por personas influyentes.

Es ficción, claro, pero así, queridos lectores, transcurren algunos eventos en los que cada vez cuesta más distinguir quiénes son los que de verdad tienen algún tipo de influencia, de aquellos que solo van para comer canapés.