«Posverdad», seguidores comprados y falsas influencias

-Escrito por David Laguillo y publicado en «El Diario Montañés» del 5 de noviembre de 2017

(C) Texto y foto: David Laguillo
(C) Texto y foto: David Laguillo

De un tiempo a esta parte me veo inmerso, cada vez con más frecuencia, en la agotadora y ardua batalla de rebatir bulos, mentiras y textos que a veces se presentan con la apariencia de noticias, pero están plagados de errores, falsedades o imprecisiones. Estos contenidos dudosos en muchas ocasiones los difunden usuarios particulares, pero otras veces, y en aumento, son vertidos por diversos cuchitriles digitales. En esta era en la que hace falta crear nuevas palabras para fenómenos viejos, esta anomalía de la verdad es lo que algunos han dado en llamar «posverdad».

La «posverdad» es un nuevo fenómeno íntimamente ligado al enorme desarrollo y difusión de contenidos de dudosa o nula veracidad, que se expanden como infecciones víricas gracias a las Redes Sociales. La definición más aceptada de la «posverdad» (una palabra que entrará a finales de año en el diccionario de la Real Academia Española) hace referencia a esa especie de «mentira emotiva» que muchas personas prefieren creer antes que los hechos reales, una bola que se difunde con peligrosa rapidez y consigue, en demasiados casos, calar en la opinión pública con mucha más fuerza que la auténtica verdad. La «posverdad» se apoya, fundamentalmente, en los prejuicios del lector, que prefiere creer una mentira cómoda o una manipulación emotiva, antes que la verdad.

El preocupante fenómeno hace que el contenido falso recibe más «me gusta» que la noticia veraz y, en cierta medida, consigue que demasiadas personas consideren que es un contenido válido y veraz, pese a que en realidad no lo es.

Cuando un «gurú de la posverdad» difunde un contenido falso, en la mayoría de ocasiones lo ha creado con la mezcla de bulos, verdades parciales, versiones interesadas e incluso invenciones. Para un periodista la lucha contra la «posverdad» y contra los gurús de la manipulación se puede convertir en una pesadilla por la predisposición de muchos lectores a confiar en contenidos que les llegan de familiares, amigos u otros lectores a quienes, desde una empatía mal entendida, reconocen como iguales y otorgan una vitola de credibilidad desde el sentimiento, no desde la razón. A los periodistas nos gusta la verdad, la búsqueda del equilibrio honesto entre versiones enfrentadas. El periodismo y los periodistas son cada vez más necesarios. Sin esa labor de filtrado y comprobación que llevan a cabo los verdaderos profesionales de la información, caeremos en el abismo de la «posverdad» y las consecuencias futuras son imprevisibles. La objetividad periodística perfecta es difícil de conseguir, pero con un trabajo periodístico serio y riguroso nos acercamos mucho a la verdad más fiable.

Cantabria no es ajena a este problema de dimensión mundial: existen demasiados cubículos de intoxicación informativa que, además de faltar descaradamente a la sagrada verdad, falsean sus influencias con la compra sistemática de publicidad y seguidores para inflar sus cifras de lectores.

El problema es de tal magnitud que afecta de forma directa a la línea de flotación del periodismo y su función social: la búsqueda de la verdad. Cada vez que una persona da «me gusta» o comparte bulos y falsas noticias, contribuye a dinamitar la sagrada verdad, y a engordar aún más el ego del falso apóstol de la «posverdad».

Para empeorar todavía más el actual escenario de confusión por intoxicación informativa, los dueños de muchos de estos atriles de difusión de falsedades recurren de manera frecuente a la compra de seguidores en Facebook, en Twitter o en cualquier otra red social. Así, muchos tratan de hacer creer a las personas no expertas en la materia que su influencia es mucho mayor de lo que es en realidad. Los gurús de la «posverdad» se convierten, así, en traficantes de falsas influencias.

No es un asunto baladí porque luego, con las cifras infladas después de haber comprado seguidores, el dueño del cuchitril digital (que en demasiadas ocasiones ni siquiera es periodista) visita despachos de instituciones y empresas, y consigue jugosos contratos basados en esos datos manipulados.

El problema va mucho más allá del daño económico que los embajadores de la «posverdad» y la manipulación pueden hacer al periodismo honesto y sincero: la opinión pública se ve cada vez más intoxicada por una mezcla de hechos parciales, bulos y datos inventados…todo compactado en una inmensa bola de contenido infeccioso que, mientras rueda imparable por las autopistas digitales, apela a la emotividad del lector mucho más que a la racionalidad crítica.

¿Hasta cuándo? Todavía me queda la esperanza de que, algún día, las hordas de lectores que todavía hoy se dejan embaucar por los encantadores digitales de serpientes volverán a confiar en el auténtico periodismo, incluido el buen periodismo digital, que también existe. Sin rechazar los muchos errores que a diario cometemos los periodistas e incluso las cabeceras editoriales más asentadas, siempre será más fiable la información de un medio de comunicación serio que los vertidos digitales de un gurú de la «posverdad» rodeado de un falso halo de presunta influencia y miles de seguidores comprados.

La famosa máxima: «El papel lo aguanta todo» podría encontrar una nueva vida en el entorno digital con la expresión: «Los píxeles lo aguantan todo», tanto si es verdad como si no lo es. Por fortuna, cada vez más personas reciben los contenidos que provienen de las redes digitales con espíritu crítico, e incluso con un sano recelo inicial.

Solo así, con un espíritu crítico desprovisto del velo de la emotividad, podremos superar la «posverdad» y volver a confiar en la verdad.