El último tren: la «tecnología excluyente»

Los numerosos avances tecnológicos son muy útiles para unas cosas, pero cuestionables para otras. Un ejemplo claro es el tren de la tecnología aplicada a las administraciones públicas: cuando lo digital es la única y obligatoria vía, el último tren, podemos deducir que se convierte en «tecnología excluyente» para todo aquel que no es capaz de subir a ese tren.

Hay muchas personas que no se pueden subir a ese último tren: no son cuatro gatos. Por razones económicas o educativas, entre otras, hay miles de personas, y no siempre las de mayor edad, para quienes se hace cada día más difícil lidiar con el digitalizado mundo de la burocracia. Para acceder a esa tecnología hace falta un ordenador y conexión a Internet, que serían los primeros condicionantes económicos excluyentes.

El problema no radica en que las instituciones se tienen que digitalizar y modernizar, porque es obvio que deben hacerlo. El problema radica más bien en el hecho de que se dejan de ofrecer las alternativas tradicionales. Al desaparecer la «ventanilla» y la atención personalizada, si la única forma de realizar trámites es con tecnología, con cara tecnología e incluso con tecnología difícil de utilizar, estaremos contribuyendo a aumentar la llamada «brecha digital».

Con la excusa de eliminar las colas de espera y el papel, se está dejando fuera a miles de personas que se ven incapaces de mantener el tren de vida necesario para no caer en la «pobreza digital». Dentro de un mundo con desigualdades cada vez más crecientes, el acceso a la tecnología no está garantizado para muchas personas cuya máxima preocupación es la supervivencia diaria.

Más allá de la economía está el segundo factor: aunque algunas de estas personas pueden tener acceso a un ordenador público, con una conexión pública a Internet, llega el momento en el que la persona puede verse incapaz de entender la tecnología para utilizarla.

Hay muchas personas que no tienen la facilidad de aprender nuevas técnicas o de comprender cómo funciona un ordenador portátil, un móvil avanzado o una página web. Para ellos sigue siendo necesaria «la ventanilla» de toda la vida. Los formularios en papel. La atención en persona.

Las personas que no se adaptan a los cambios tecnológicos pueden sufrir aislamientos de todo tipo. Es como ir a la estación y perder el último tren. Se quedan fuera, en la estación, pasando frío.

Y, si de verdad queremos llegar a ser algún día una sociedad justa e integradora, debemos evitar que la tecnología se convierta en «Tecnología Excluyente», como se puede ver en el vídeo de Gabriel Massari.

Debemos dar opciones, no eliminarlas. Debemos ofertar las nuevas opciones, pero ofertar también las viejas. Para que nadie se quede fuera después de perder el último tren.